El ensayo: una escritura que produce ideas.
Acerca de un modo de relación entre escritura
y subjetividad
Oscar D. Amaya
Toda obra es un viaje, un trayecto,
pero que sólo recorre tal o cual camino
exterior
en virtud de los caminos interiores que la
componen,
que constituyen su paisaje o su concierto
Gilles
Deleuze
Lo nuevo no está en lo que
se dice,
sino en el acontecimiento de su retorno
Michel Foucault
Este género discursivo requiere que el
cursante produzca una reflexión escrita en forma de prosa, caracterizada como ensayo, en términos de una interpretación
acerca de las diversas temáticas abordadas con los docentes, a partir de la
constitución de un punto de vista personal propio respecto de los problemas
inherentes a ellas. Puesto que se trata de una producción escrita que debe ahondar
en una implicación subjetiva del cursante, es preciso desplegar en primer lugar
un conjunto de considerandos respecto de la posición del profesional a la hora
de comenzar a producir un tipo de escritura en la que se propone en relación a
problemáticas teórico-técnicas.
Algunas cuestiones respecto
de la necesaria distinción entre saber
y el pensar
En los ámbitos que nos incumben,
el conocimiento se da sólo como un
relámpago. El texto es como el trueno
que resuena después largamente.
Walter Benjamin
Un signo somos, indescifrado.
Hölderlin
Postulado: con frecuencia, el saber,
en tanto conocimiento instituido (estructura) torna en cristalizado al
pensamiento, en tanto conocimiento instituyente (acontecimiento), quebrándose de esta manera la relación
dialéctica existente entre ambos fenómenos de la creación cognitiva.
Saber
legitimado
Se trata de un escenario habitual: las
instituciones pedagógicas transmiten conocimientos socialmente validados, en
una dinámica pedagógica respecto de
un objeto social legitimado, instituido por autoridades, que proceden a
establecerlo en aparatos pedagógico-didácticos a cargo de docentes y
profesores. La autoridad que posee un saber posee asimismo un poder, en
términos de poder decir, poder ser leído, poder imponer una recepción en un espacio social. Así lo afirma
Michelle Perrot: “La palabra y su circulación modelan la esfera pública aún más
que el espacio material”
La dinámica
epistémica es el establecimiento de certezas, significaciones determinadas
(y usualmente determinantes), clausuradas en muchas ocasiones para su
discusión, es decir, un lugar conceptual desde donde se producen condensaciones
de conocimientos. La lógica epistémica
se asemeja a la lógica del capital: quien detenta el saber desarrolla una
práctica de acumulación y de posesión, en este caso, de bienes simbólicos. Esta
lógica fuerza la determinación, el cierre de lo indeterminado, la
absolutización de la definición de lo que se considera real y simbólico, excluyendo
lo posible e incierto, designando lo necesario, en definitiva, racionalizando
todo lo cognoscente. El novelista francés Marcel Proust afirma a
propósito de esto: “las teorías y las escuelas, como los microbios y los
glóbulos, se devoran entre sí y con su lucha aseguran la continuidad de la vida”.
Para el alumno/estudiante/cursante la relación con el saber es de un carácter
específico: la ajenidad, pues se
trata de un saber que circula a través de una palabra o bien neutra (que no
pertenece a nadie) o, en su mayoría, de una palabra ajena, autosuficiente,
hecha de los enunciados de los otros, que pertenecen a otras personas, y que se
presentan como saberes necesarios, verosímiles o verdaderos. Se espera de este sujeto de la transmisión un comportamiento producto de la dinámica
pedagógica: replicación eficaz del saber en tanto conocimiento instituido
(conocer las respuestas), independiente de la intencionalidad de este sujeto,
pero a sabiendas de su necesidad de supervivencia
en la institución pedagógica de la que se trate.
La figura
para estas dinámicas y lógica puede ser la estructura,
es decir, un conjunto de objetivaciones, de reales instituidos, sistemas de
significados que median simbólicamente fundando categorías cognoscitivas:
verdadero/falso, cierto/incierto, posible/imposible, probable/improbable. La
estructura constituye la cristalización de los significados y del sentido que
emerge de éstos, y es por ello que la dinámica pedagógica es de carácter
reproductivo: producto y condicionamiento para la repetición eficaz del
producto.
Pensamiento/ el
pensar
A diferencia del saber, el pensar despliega un
proceso que consiste en construir una relación pensante con un fenómeno o
problema. En rigor, hacemos aquí referencia a “el pensar” ya que no se designa
tanto el resultado -el pensamiento- de un proceso cognitivo, sino al proceso que produce ese resultado, es
decir, a el pensar. Se trata entonces
de la apertura y expansión del sentido al interior de este proceso. En otras
palabras, un devenir instituyente, en el sentido de un trabajo que consiste en
modificar, subvertir -y de ser preciso- traicionar el saber instituido.
El pensar se erige entonces como una
auto-interrogación, un atrevimiento del sujeto para consigo mismo, y por ello
desencadena la producción de subjetividad, ya que habitamos los lugares en los
que podemos pensar, y ese pensar funda asimismo nuevos lugares: el despliegue
de una escena incierta, novedosa en la que habitar. Se trata de atravesar la experiencia
de un despliegue de subjetividad, un modo en que el sujeto realiza la experiencia del sí-mismo en relación
al mundo en el intento por significarlo, y por ende, significarse.
Es por ello que este proceso, el pensar, lejos de
determinar significaciones dirigidas hacia su clausura, configura
significaciones abiertas, es decir, una actualización de lo acontecido, de lo
no-pensado, lo-no pronunciado.
La dinámica
pedagógica del pensar respecto de un objeto cognoscente es la pregunta,
configurada por los intervinientes en un proceso de indagación e investigación:
en nuestro caso, un encuentro entre colegas cursantes de estudios de posgrado.
La autoridad pedagógica no pretende detentar la palabra final, no decreta una
versión autorizada, sino que se posiciona en una relación de co-pensar con los demás. Esto invierte la dinámica
pedagógica del conocimiento, puesto que en tanto ésta instaura un dispositivo
explicador, supone una incapacidad del sujeto para comprender por sí mismo, que
requiere de quien explique. El explicador, sostiene Ranciére (2007) despliega
un doble gesto inaugural: decreta, por una parte, un comienzo absoluto al
partir del cual y sólo en ese momento, comenzará el acto de aprender. Arroja,
por otra parte, un velo de ignorancia sobre las cosas a aprender, que él mismo
se encargará de levantar.
En el pensar, por el contrario, se cancela esta
asimetría de inicio, descree de un mundo dividido en espíritus “sabios” e
“ignorantes”, “maduros” e “inmaduros”, “capaces” e “incapaces” o “inteligentes”
y “estúpidos”. En el pensar advienen la voluntad y la inteligencia de los iguales que acuerdan en iniciar
juntos una búsqueda, en develar una pregunta, una insuficiencia en el
conocimiento. La tarea de pensar emancipa
a los iguales, a pesar de sus distinciones sociales al interior de las
instituciones, puesto que se trata de un inicio para todos, de un “dirigirse
hacia” de carácter incierto.
La dinámica
epistémica es el despliegue de incógnitas, de problemas abiertos, de
significaciones indeterminadas, dispuestas para su discusión, es decir, se
trata de la producción de lugares de
dispersión. Por su parte, la lógica
epistémica es la de la circulación y la orfandad de certezas en un inicio
de saberes, pero que se colocan como ausentes de infalibilidad, en suspensión
momentánea de respuestas. Es por ello que la relación con el saber se configura en un carácter específico: la apropiación de sentidos a través de un
proceso de descubrimiento, a partir de un espacio de falta, de ausencia de
conocimiento legitimado de antemano.
La figura para estas dinámicas y lógica puede ser
el acontecimiento, entendido como
novedad y no como repetición, aquello que se produce una sola vez en el tiempo
y en el espacio: es un aquí y ahora, en una dimensión de indeterminación de
carácter parcial y contingente. La fuerza del acontecimiento es su carácter de ruptura respecto de una
continuidad, es la marca de lo singular, de una particularidad que irrumpe en
lo universal constituido y aceptado. Este singular forja una temporalidad
diferente a la de la continuidad, a la temporalidad de lo no-advertido, a la
sucesión de presentes: la temporalidad del acontecimiento no es el tiempo donde
las cosas son, sino aquella donde las
cosas advienen, se presentan, llegan de manera inesperada para el sujeto:
así se manifiesta el pensar.
El
acontecimiento entonces,
constituye la irrupción azarosa de un exceso que hace poner en duda los
saberes constituidos y obliga a construir una nueva verdad de la situación,
esto es, una nueva manera de entenderla. Es un exceso puesto que el acontecimiento, aún formando parte de
una situación determinada, no puede ser explicado por los recursos
(conocimientos vigentes) de la misma. Y si el conocimiento consolidado es
impotente para pensar el acontecimiento, esto obliga al sujeto, por ende, a
pensar más allá de sus límites. El acontecimiento significa confrontarse
con lo impensable de esa situación. Su carácter de ruptura refiere a la
irrupción que produce, pues con ello se manifiesta una falla que resquebraja desde su interior
la presunta idea englobadora y totalizante que el conocimiento predica desde
una teoría omniexplicativa.
Es
relevante observar que todo acontecimiento puede ser objeto de la
narrativización, y es a través de ella que éste puede ser integrado a una
estructura de pensamiento y a una coyuntura. La trama narrada, en tanto intento
de síntesis de lo heterogéneo, puede integrar –modificándolo- una
estructura. La posibilidad de narrar el acontecimiento alude a la
representación que de él se realiza. Es por ello que debe considerarse que toda
representación posee una estructura bifásica: por una parte, evoca el
acontecimiento ausente por mediación de otra instancia que lo sustituye y que
lo representa por defecto; por otra, el representante puede ocultar la
operación de sustitución del acontecimiento, apareciendo como una presencia
plena y verdadera, pretensión de todo conocimiento.
No
obstante, la operación que efectúa la representación consiste en construir esa presencia a partir,
precisamente, de lo que la representación dice de ella, desnudando, de esta
manera, el juego especular del mecanismo de la representación. Si no existiera
ninguna presencia para ser representada, ésta naufragaría; en
consecuencia, debemos presuponer esa presencia, la cual, finalmente, no
es sino aquello que la misma representación define y enmarca. ¿Cuál es nuestra
presencia? Un objeto complejo de conocimiento: la ciudad, por ejemplo.
Sin
embargo, el acontecimiento debe ser "representado" en su figura de eclipse;
el acontecimiento surge, pero tal emergencia es al mismo tiempo su
desvanecimiento parcial o total. Lo que subsistirá del acontecimiento es su
nombre, es decir, lo que circulará a partir de entonces no será el
acontecimiento como tal –puesto que se ha evanescido y rescindido- sino su nominación.
La nominación del acontecimiento, entonces, es lo que circulará en el futuro
como parte del conocimiento. La presencia nominalizada produce el riesgo de
“cristalización” del acontecimiento: es donde la representación puede perder su
carácter de metáfora viva, si no se sostiene una relación dialéctica entre lo
que se sabe y el pensar.
Por último, pueden denominarse súbitos a los acontecimientos puesto que suscitan un viraje
inesperado, contrario a la lógica de la previsión. En términos generales, la discordancia acontecimental rivaliza con
la concordancia que busca el
pensamiento. Los aspectos de la realidad nos muestran este fenómeno en forma
cotidiana, si es que estamos dispuestos a advertirlo. Es por ello que no es a
través de la categoría de verdad que las “verdades” del conocimiento son
producidas: éstas son posibles a través de mecanismos singulares que ocurren a
partir de los acontecimientos.
Las verdades (lo que sucede, lo que transcurre en el
pensar, aquello que se comprende) van de la mano del pensar y
“lo verdadero”
comulga con el conocimiento. La potencia de las verdades abre el camino de
nuevas configuraciones en el conocimiento. Esto quiere decir que todo saber
real, instituido, plasmado, debería reconocer (frecuentemente se olvida o se lo
niega) como punto de partida de su posibilidad, una ruptura, un
"imposible". No obstante, este nuevo conocimiento que logra
instituirse, por más coherente y totalizador que se muestre, nunca
podrá abolir el pensar: ese azar, esa contingencia que está en la
"matriz" de todo conocimiento.
Es posible esquematizar en el siguiente cuadro -con los riesgos de simplificación que esto acarrea- algunas de las cuestiones hasta aquí desarrolladas:
criterios
|
SABER
|
PENSAR
|
dinámica pedagógica
|
||
dinámica epistémica
|
||
lógica epistémica
|
||
relación con el saber
|
||
figuras
|
||
Un pasaje posible desde el saber a un pensar, lo
constituye la escritura, ya que ésta “promueve procesos de objetivación y
distanciamiento respecto del propio discurso, que al materializarse y fijarse,
permite una recepción diferida, en la que el escritor evalúa su propio texto
desde una perspectiva más próxima a la de un lector externo. Ese
descentramiento permite la revisión crítica de las propias ideas y su transformación”,
plantean Alvarado y Cortés (2008). En otras palabras, se trata de asumir una
tarea intelectual en términos de metacognición: una toma de conciencia de los
propios recursos cognitivos y discursivos, a fin de maximizarlos en función de
las complejidades propias de una práctica especializada. Una manera de “hacer
inteligibles las condiciones del pensar” (Cohen, 1998) así como los modos de
producción escrita.
Es por todo lo antedicho que afirmamos que la producción
de un pensar acerca del sentido de una práctica, como afirma Sandra Carli,
implica operar exogámicamente, sin la mirada paternalista de un saber,
haciéndolo a partir de distintos regímenes de significación de su objeto de
conocimiento. Para ello, debemos asumir el abordaje de la experiencia en la
contemporaneidad de lo que hoy se configura como objeto de conocimiento, así
como asumir que el espacio de intervención se constituye en un lugar de cruce y
tensión de distintas temporalidades. Un pensar la experiencia en términos de
explorar los distintos registros que la constituyen:
-el registro de la experiencia profesional,
- el registro del pensar,
- el registro del lenguaje que los exprese
La escritura del
ensayo: una caracterización del proceso del pensar
en el acto de una práctica escrituraria como autoría.
Para mí, la
máxima claridad en la expresión
es una
cuestión de ética, de respeto hacia aquel
a quien me
dirijo: es el modo en que lo coloco
en el mismo
plano que yo, que le permito
responder y
por lo tanto convertirse en sujeto
de la palabra
con el mismo derecho que yo
T. Todorov
La enciclopedia define al ensayo como
un escrito breve sobre una materia. El acto de llevarlo a cabo, el ensayar
remite a probar, reconocer algo antes
de usarlo. (¿sentir un sabor? ¿sentir que se sabe?) Respecto del término probar,
remite a “hacer una cosa para ejecutarla mejor después”. Otra definición de
este género afirma que se trata de una “literatura de ideas". Resulta
pertinente entonces, formular la siguiente pregunta: ¿qué se ensaya en un
ensayo? Quizás saber lo que se piensa acerca de algo: la búsqueda de un planteamiento
personal por parte del cursante, de carácter creativo y con la utilización de
recursos expresivos pertinentes al género.
El ensayo se encuentra en la frontera
de dos dimensiones: la de la exposición-argumentación y la de la literatura, y
hace excursiones de la una a la otra. No se escribe un ensayo para dar conocer
datos bibliográficos o formulaciones ya dichas (decir el conocimiento), sino para
ofrecer reflexiones e implicaciones personales del ensayista a propósito de
éstas (transformar el conocimiento).
Ante los temas propuestos por el
ensayista, éste debe poder organizarse para insinuar un pensar personal o una interpretación
que crea novedosa, o bien para proponer una reevaluación de sus conocimientos a
partir de una interpretación, una experiencia o un posicionamiento desde su
identidad profesional. Una vez abierta la brecha y tendido el puente de sus
interpretaciones, el ensayista, como creador, puede dejar a colegas noveles o experimentados
el establecer la legitimidad de lo propuesto, sin renunciar él mismo a
continuarlo en otra ocasión.
Es por ello que el ensayo no se define
únicamente por el objeto de conocimiento sobre el cual se escribe, sino por la actitud del escritor ante este objeto, actitud que puede tomar la
forma de una hipótesis, una aproximación, o una idea que se ensaya. Se trata de
un género de escritura producto de meditaciones y reflexiones que no se
expanden ni culminan sino a través del acto de escribir: lo esencial es su
sentido de exploración, su audacia y originalidad, es decir, una escritura como
acción y efecto de la aventura del pensamiento.
Dentro de los diversos tipos de ensayo
existentes, uno corresponde al ensayo crítico. Una de las
fronteras entre ciencia y literatura se encuentra en el ensayo: se lo ha
llamado género "literario-científico o disciplinar" porque parte del
razonamiento desde un campo disciplinar y de la imaginación creativa. La
creación científica arraiga, como la literaria, en la capacidad imaginativa,
ésta no se puede ignorar totalmente; sin embargo no se aparta de la naturaleza del
objeto de conocimiento que se está indagando. El ensayo comparte con el pensamiento y la investigación científica uno
de sus propósitos esenciales: la exploración a fondo de su objeto de
investigación, el aproximarse a la "naturaleza" de los fenómenos
considerados. Y comparte con el creación estética (búsqueda de una forma) la
originalidad, la intensidad y la belleza expresiva, emanadas del trabajo inherente
a esta búsqueda.
Según la intención comunicativa del
autor, los ensayos se pueden clasificar en expositivos, argumentativos, críticos o literarios:
El ensayo
expositivo,
como su nombre lo indica, expone ideas sobre un tema, presentando información
alrededor del mismo y matizando esta información con las interpretaciones del
autor y opiniones personales pertinentes alrededor del tema en cuestión.
El ensayo
argumentativo
tiene como propósito defender una tesis con argumentos que pueden basarse en
citas o referencias, datos concretos de experiencias investigativas, alusiones a
modelos teóricos o fundamentos epistemológicos, por ejemplo.
El ensayo crítico caracteriza y
analiza un hecho, fenómeno, obra o situación, emitiendo juicios o
interpretaciones ponderadas por el autor. El ensayo literario expresa la
sensibilidad de su autor, utilizando el lenguaje poético.
Se sugiere que el cursante explore no una, sino varias intenciones
comunicativas: que pueda exponer ciertos aspectos de su especialidad, o de la
escritura de la práctica, pero que logre adoptar una posición personal en torno
a estas temáticas.
Partes de un ensayo
Si bien se trata de un género no fuertemente estructurado, se sugiere en
las primeras experiencias de escritura observar los siguientes pasos, característicos
de otros géneros como la monografía o el informe bibliográfico, entre otros.
Aunque cabe una salvedad importante: en el ensayo el proceso no necesariamente se refleja en el producto. Es decir, la escritura comienza por un lugar incierto, no
necesariamente decidido por el ensayista. A menudo la introducción es lo último
que se escribe, y no resulta poco frecuente formular en primer término algo del
orden de la conclusión.
Estilo
En el ensayo no hay en realidad un estilo definido,
sino muchos, según el carácter del autor. Por eso es complejo de lograr, ya que
se trata de plasmar una voz personal, construir desde la propia subjetividad el
sentido de autoría, que en el ensayo se
constituye en su enunciación. El autor habla por su voz, pero otras voces
“institucionales” pugnan por anunciarse, ello torna al ensayo como una
polifonía del discurso, un hilado de voces en el que el autor no debe perder la suya, para permitir la
presentación de su pensamiento a través de la escritura ensayística.
El delineamiento de un estilo debe,
sin embargo, intentar alcanzar una condición esencial de toda producción escrita:
la
claridad de expresión y
transparencia que permita al lector una mayor comprensión de la autenticidad
del pensamiento plasmado por el autor
como ensayista. El autor debe ensayar
un rasgo de carácter lúdico, es decir, constituirse en un todo agradable,
pausado, atractivo, y libertario. De esta forma, el
ensayo podrá interesar al lector.
Un buen ensayo, con relación a las
reglas estilísticas, debe alcanzar:
Finalidad
El ensayo debe actuar a la manera de
un motor de reflexión, generador de dudas y de interrogantes, constituirse en un
procedimiento productor de ideas nuevas. El ensayo se constituyó como un
intento destinado a diluir los designios de las lógicas aristotélicas, para en
cambio introducir al ensayista al mundo de la lógica borrosa, donde no sólo pueda hablarse de una verdad o una falsedad,
sino de una posibilidad, una incertidumbre o una pregunta.
Con las respuestas a veces se
corre el riesgo de clausurar una
indagación, por eso es importante ejercer la disciplina de dejar de
reaccionar, de responder conceptualmente o con creencias, frente a la angustia
que despierta lo incierto en un interrogante. La pregunta produce desasosiego,
suspensión, interpela a la búsqueda y no requiere apaciguar prontamente la
incertidumbre, sino transitarla.
Esta manera de afrontar la pregunta sin silenciarla
con respuestas, característica del género ensayo, permite sentir la
ignorancia, soportar el no saber y aprender el significado instituyente
que hay en ese sentir, que habla del misterio del desconocer y de preguntarse
por lo desconocido, inherente a la condición humana, y constituye una manera
que permite sentir el abandono que esto produce, abandono que no se resuelve
con racionalizaciones, con respuestas cabales o tranquilizadoras.
Esta experiencia de escritura, propone aventurarse
en una hipótesis: producir una escritura ensayística como una manera de
recuperar la capacidad de curiosidad y asombro que alguna vez, en un pasado
-remoto en ocasiones- toda persona supimos desarrollar en su pasado. La adultez
cancela muchas veces la osadía que posee la infancia. Los niños en cambio, se
atreven a quedar en la intemperie, a soportar los enigmas impuestos por una
realidad que, rompiendo su cascarón de docilidad aparente, se planta ante ellos
revulsiva, irreductible, misteriosa y desafiante. La infancia emerge como un
momento vital que asume la responsabilidad de preguntar. El ensayo, como
escritura implicada subjetivamente, puede proponerse recuperar esa potencia.
Sin embargo, para escribir un buen ensayo, no solo se requieren ideas,
preguntas, búsquedas, sino una alta dosis de lectura pertinente,
para poder escribir al respecto. La inspiración para el ensayo no surge de la
nada, surge de la experiencia lectora y escritora que se tenga.
En síntesis, un buen ensayo, es como una buena
pintura: las frases al igual que los colores, se deben combinar de una forma
pertinente. La armonía resultante de esta mezcla es el gran secreto
de los ensayistas; pero no basta con que las ideas de un ensayo sean
armoniosas, deben ser además como los elementos de un cuadro, es decir, vivos y
estéticos, para que puedan mostrar las reflexiones o las tesis confrontadas de
una forma cautivante y atrayente.
¿De
dónde viene ese afán de preguntar, esa gran dignidad que se concede a
la pregunta? Preguntar es
buscar, y buscar es buscar radicalmente, ir al fondo, sondear, trabajar el fondo y, en última instancia,
arrancar. Ese arrancamiento
que contiene la raíz es la
labor de la pregunta. (...) Freud dice, más o menos,
que todas las preguntas que
hacen los niños a diestra y siniestra, les sirven de sustitutos de la que no
hacen, esto es, la pregunta del origen. Asimismo, nos interrogamos sobre todo,
con el fin de mantener en movimiento la pasión de la pregunta (...) Interrogar,
entonces, consiste en ponerse en la
imposibilidad de preguntar por medio de preguntas parciales. (...) La pregunta
es el deseo del pensamiento. (...) es el llamado a saltar, que no se deja retener en un
resultado.
M. Blanchot
Bibliografía
consultada
Alvarado, M.; Cortés, M. (2008) “La escritura en la
Universidad. Repetir o transformar”, En: Cano et als. (2008) Ensayo y error. “El ensayo en el taller de
escritura. Buenos Aires, eudeba
Bajtín, Mijail. (1995) Estética de la creación
verbal. México, Siglo XXI.
Bourdieu, P. ¿Qué significa hablar?
Carli,
S. Educación, política y subjetividad, en: Frigerio, G.; Diker, G. Educar: ese
acto político. Del estante editorial, Bs. As.
Cohen, E. (1998) “Genealogía del concepto de
subjetividad”, en Percia, M. (1998) Ensayo y subjetividad. Buenos Aires,
EUDEBA.
Crespi, Franco. (1997) Acontecimiento y estructura.
Buenos Aires, Nueva Visión.
Ranciére,
Jacques (2007) El maestro ignorante. Buenos Aires, Libros del Zorzal.
Ricoeur, Paul. (2004) La memoria, la historia, el olvido, FCE.
Ricoeur,
Paul. (1999) Tiempo y narración,
Vol. I y III, Madrid, Siglo XXI.
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