Invitado al “I Encuentro de Programas
de Creación Literaria y Escritura Creativa de las Américas, Bogotá 2015″,
Edgardo Scott, autor de El exceso propone once
respuestas a una pregunta llena de conflictos.
Borges
dijo sobre la enseñanza: “Creo que uno solo puede enseñar el amor de algo. Yo
he enseñado no literatura inglesa sino el amor a esa literatura. O mejor dicho,
ya que la literatura es virtualmente infinita, el amor a ciertos libros, a
ciertas páginas, quizá de ciertos versos. (…) Lo importante es revelar belleza
y solo se puede revelar belleza que uno ha sentido”.
Por
un lado parece un comentario algo sentimental y demagógico, pero sin embargo,
Borges siempre tuvo a la literatura por un don. ¿Y cómo se puede enseñar y
aprender un don? Borges da una clave en esa versión amorosa de la enseñanza. No
habría don sin esa condición amorosa preliminar, no habría revelación de
belleza sin esa puesta en acto y circulación del don.
Sin
embargo, también deriva del comentario borgeano, que en verdad no se enseña un
don, se enseñan sus signos. Algo similar a lo que ocurre con el amor. Ningún
amor tiene esencia alguna que no sean los signos que lo representan. De este
modo, no habría algo en sí mismo que sea La literatura
y que esté por fuera de los libros, arriba o debajo, antes o después de ellos.
Los libros, ciertos libros (ciertas páginas o versos, como precisa Borges),
hacen, conjuran, realizan a la literatura. Entonces la enseñanza y el
aprendizaje serán enseñanza y aprendizaje de signos amorosos. Detalles. Gestos.
Una lógica no tanto de la inmanencia sino de la adyacencia, metafórica si se
quiere; justamente como la dinámica del relato. Alguien cuenta un relato y el
resultado es que, después, pero a partir de ese relato, se evoca otro. O como
las caricias. Una caricia lleva y llama a la otra entre los amantes.
¿Puede
enseñarse a escribir? Primera respuesta: falsa pregunta. Sí y no. Desglose:
pueden enseñarse los signos de la escritura, sus brillos y oscuridades. Pero el
maestro sólo enseña trucos, recuerdos y el mapa de un territorio al que cada
aprendiz llegará o no solitariamente.
*
En
el primer capítulo de En
el camino, Kerouac narra una ambigua escena de
iniciación. Se conocen los dos futuros amigos Sal y Dean. ¿Quién es el maestro
y quién el iniciado? Dean es el que se acerca a Sal. Dean viene del Oeste, ya
ha estado preso. Sal, sin embargo, es escritor, ha estado casado, ha sufrido
una separación y ahora vive en la casa de una tía. Dean llega de noche a esa
casa y le pide que le enseñe a escribir. La respuesta de Sal es directa: “No digás
tonterías, sé perfectamente que no has venido aquí exclusivamente porque
quieras ser escritor, y además lo único que sé de eso es que hay que dedicarse
con la energía de un adicto a las anfetas”. Sal decide alojarlo –lo que
verdaderamente Dean necesitaba– y esa misma noche planean ir un día, juntos al
Oeste. Sal hace este comentario: “Empecé a aprender de él tanto como él
aprendió de mí”. Pero Dean será el maestro socrático. El maestro budista que
enseña en acto. Con su vida. Pero también será el maestro que necesita alumnos,
oyentes, espectadores y aprendices, que los necesita para justificar esa vida
intensa, acaso, como suele decir Ricardo Piglia, una vida que posee una
experiencia un poco más allá de la media. “Dean se limitaba a desplazarse por
la sociedad ávido de pan y de amor (…) un pariente occidental del sol, ese era
Dean.”
¿Puede
enseñarse a escribir? Segunda respuesta: hay maestros que viven enseñando sin
saber que lo hacen. También los buenos aprendices deben detectarlos y no romper
la magia. Porque dicen los biólogos, que la abeja vuela porque no está enterada
de que en verdad su organismo, no estaría preparado para volar.
*
“¿Qué
significa transmitir? ¿De quién a quién es legítima esta transmisión?”, se
pregunta George Steiner en su libro Lecciones de los maestros. “El maestro aprende del discípulo y es modificado
por esa interrelación en lo que se convierte, idealmente, en un proceso de
intercambio. La donación se torna recíproca, como sucede en los laberintos del
amor.” Esta idea aparece vinculada de manera muy estrecha a la idea de
transmisión del conocimiento. “La instrucción, hablada y representada, por
medio de la palabra o de la demostración ejemplar, es evidentemente tan antigua
como la humanidad –dice Steiner–. No puede haber sistema familiar ni social,
por aislado que esté y por rudimentario que sea, sin enseñanza y discipulazgo,
sin magisterio y aprendizaje consumados.” Los padres les enseñan a los hijos,
los hijos aprenden de los padres. Aprenden saberes múltiples, pero, como
sabemos, los aprenden dentro de una estructura y un esquema amoroso y
sentimental más que filial: la familia. Ya lo enseñó Freud: la curiosidad y los
infatigables porqués de los niños son herederos de investigaciones previas,
corporales y familiares.
¿Puede
enseñarse a escribir? Tercera respuesta: Reconocer y verificar la transmisión
de un conocimiento es tan difícil y evidente como reconocer y verificar la
transmisión de un legado.
*
Satie,
Debussy y Ravel, acaso como los surrealistas, también son ejemplos de aprendizajes,
enseñanzas, e influencias mutuas. Los tres se conocieron personalmente y se
llevaban pocos años entre sí. Satie es autodidacta y fue la punta de lanza del
llamado impresionismo musical; Debussy toma de Satie algunas disonancias; a su
vez, Rabel toma armonías de los dos, pero sin embargo, Rabel se había formado
con Fauré al que, desde luego, al pertenecer a una generación anterior, Satie
había seguido. Sucede a veces entre los artistas, que todos aprenden y enseñan
a la vez, como si el deseo y la amistad compartida sirvieran como catalizadores
de los talentos de cada uno. Se habla entonces de un movimiento.
¿Puede
enseñarse a escribir? Cuarta respuesta: algunos tienen la suerte de aprender en
una época o tiempo social, como los hermanos en las familias numerosas, entre
todos. En la manada. El don se presenta distribuido, disponible y multiplicado.
*
En Arte y poesía, Martín Heidegger (y sin embargo, también
discípulo de Husserl) escribió que “la obra de arte es en verdad una cosa
confeccionada, pero dice algo otro de lo que es la mera cosa. La obra hace
conocer abiertamente lo otro, revela lo otro”. Como también en Borges, una vez
más aparece ligada al arte, la idea de revelación. La obra de arte hace
conocer, revela, dice algo de lo
otro. ¿Pero cómo se hace para enseñar la
confección de ese objeto? El objeto que late en la escritura.
¿Puede
enseñarse a escribir? Quinta respuesta: por momentos, puede acercarse ese
objeto; puede invocárselo. Como a un espíritu.
*
Sobre
su relación de amistad con Bioy Casares, a quien le llevaba quince años, Borges
supo decir que en el primer momento tal vez él hubiera sido el que enseñaba y
Bioy el que aprendía, pero eso había sido sólo al comienzo; con los años –dijo–
Borges había descubierto que Bioy había sido siempre el maestro secreto. Otra
vez, podemos pensar en un comentario de Borges muy generoso e inducido por la
amistad. Pero basta con ahondar un poco en las biografías de los dos, enumerar
las colaboraciones y los proyectos compartidos durante más de cuatro décadas,
las circunstancias personales, y por último, leer el enorme, genial y póstumo Borges que escribió Bioy, para no desconfiar del todo de
la aclaración borgeana. Pensar una relación de amistad y afinidad personal,
pero también literaria, y desconocer las influencias y préstamos mutuos, sería
transformar esa relación sentimental, en una relación de poder. Sólo una
relación de poder pretende ser unilateral y jerárquica. Posee esa lógica. Si la
relación entre Borges y Bioy se ha leído de ese modo, ha sido para erigir la
figura de Borges, como una sagrada autoridad literaria a la que incluso sus
colegas, amigos y contemporáneos, deberían venerar y subordinarse.
Profundizando mínimamente en la relación entre esos dos grandes amigos y
escritores, uno puede advertir la influencia recíproca, aunque en zonas
diversas, de diferente orden y calidad. Jugando con la idea educativa, podría
decirse que Borges le enseñó a Bioy algunas lecciones y Bioy le enseñó otras.
Materias distintas, dones distintos, lecciones distintas.
¿Puede
enseñarse a escribir? Sexta respuesta: en la enseñanza y el aprendizaje subyace
una forma de amistad.
*
En
ese intercambio de enseñanza y aprendizaje, existe la necesidad de una
valoración de la palabra, por parte del alumno, y también existe, del lado del
maestro, una voluntad de afirmación. Una afirmación que se nutre de la
arbitrariedad, del capricho; en verdad: del gusto. ¿O no es eso lo que tomó y
entendió Borges de Macedonio? Borges elige a su maestro, elige en quién
depositar, a quien dirigir su admiración irreversible, hasta podríamos decir,
su fe. La fe entendida como un énfasis de la identificación. Borges, que tanto
lo denostaba, fue fiel a la indicación de Quiroga: “cree en un maestro como en
Dios mismo”.
Pero
también Macedonio hará su parte. Macedonio dará sus clases socráticas en las
tardes de los sábados, en la confitería La Perla, de Plaza Once, con un estilo
asertivo, ingenioso y paradojal. Oscuro y diáfano, por momentos cínico, no
siempre justo o lúcido, pero siempre brillante. Será arbitrario y racional a la
vez, eso se le pide al maestro, acaso como a los amantes: detalles, pasión,
magia, sorpresas. Un maestro que se hunde o se acomoda en la repetición de un
programa o de ciertos contenidos nunca será maestro. Es apenas un pedagogo, un
instructor; en realidad es un agente pasivo, apenas reproductor del dispositivo
educacional imperante. Enseñar no es reproducir el statuo quo. El maestro tiene preferencias, y teje con ellas
su propia confección del conocimiento. Puede reconocer otros, pero sobre todo
transmitirá su gusto. Se transmite un ejemplo de énfasis. O sea un límite. Como
en el estilo. El estilo es una serie rigurosa de límites arbitrarios. Un
sistema coherente de extravíos, una arquitectura de caprichos.
¿Puede
enseñarse a escribir? Séptima respuesta: puede enseñarse e identificarse un
estilo y el estilo es una provocación, una causa de la literatura.
*
En
la experimental, ambiciosa e inolvidable Fantasía,
de Disney, la tercera pieza que compone esa suerte de poema sinfónico animado,
se llama precisamente “El aprendiz de brujo”. Es el fragmento o la pieza más
recordada de aquella película. “El aprendiz de brujo”, originalmente era un
poema de Goethe de 1797, que inspiró la versión musical del compositor
impresionista francés Paul Dukas, exactamente un siglo más tarde. Es de noche y
el gran maestro brujo, finaliza sus ejercicios, mientras Mickey Mouse acarrea
baldes y baldes de agua para llenar un estanque. Mickey parece exhausto y
fastidioso por haber estado llevando esos baldes, acaso durante todo el día. El
gran maestro brujo se va a dormir y Mickey aprovecha para robar su sombrero
mágico. Con él, lo primero que hace es hechizar una escoba y que lo reemplace
en el duro trabajo de llevar los baldes y cargar el estanque. Mickey trata de
imitar al gran maestro brujo y da las órdenes con la misma o mayor severidad.
La escoba obedece y va y viene con los baldes llenos de agua, incesantemente.
Mickey está cansado y a la vez seguro de la marcha de su autoridad. Se sienta y
enseguida se queda dormido. Tiene un sueño redundante donde dirige estrellas y
mareas. Despierta al sentir el agua, que no es precisamente el agua del sueño:
el estanque ha desbordado porque la escoba nunca se detuvo. Mickey ahora le
ordena con desesperación que se detenga, pero la escoba se ha vuelto un
autómata, una voluntad ciega. Entonces ocurre uno de los giros dramáticos
probablemente más violentos que se le haya visto hacer a Mickey Mouse. Un giro
donde se nota, si se quiere, la procedencia alemana y romántica, en definitiva
la autoría de Goethe. Mickey toma un hacha y parte en dos –y de algún modo
asesina– a la escoba. Pero eso no rompe el hechizo, por el contrario, lo
multiplica. Como si se tratara de una división celular, las diferentes partes y
astillas de la escoba forman otras escobas que siguen el mismo mandato de
cargar y cargar baldes y arrojarlos en la fuente que ya está, dicho sea de
paso, bajo el agua, totalmente sumergida en la inundación. Hay en esa escena de
las escobas marchando, una anticipación de los martillos de “Another brick in
the wall”. En cierto modo, también The wall se ocupa de los efectos de una educación (o un
aprendizaje) que se vuelve pura obediencia y, por lo tanto, peligrosa
enajenación. Pero volviendo a Mickey. Las escobas marchan como soldados, todo
sigue inundándose, el desorden es tal que ha hecho despertar al gran maestro
brujo. El gran maestro aparece, ve la situación y dando una sola orden deshace
el hechizo. Mickey se alivia, pero ahora está avergonzado y atemorizado frente al
probable e inminente castigo del gran maestro brujo, quien lo observa, otra
vez, con el ceño fruncido. Sin embargo, no ocurre nada; parece que simplemente
Mickey podrá abandonar la habitación y volver a su tarea; cuando lo hace, el
gran maestro toma la escoba, que ha vuelto a ser una simple escoba, y le da un
tierno pero aleccionador escobazo.
En
el poema de Goethe, hay dos estrofas clave. Una está al comienzo y dice: “Hoy
el viejo gran maestro brujo se ha marchado/ y su espíritu encantado vivirá al
arbitrio nuestro/su palabra y ciencia yo conozco/obre su potente magia con mi
nombre” Y después, cuando dice “Pero veo que…¡oh qué espanto!/la palabra he
olvidado”. El aprendiz ha olvidado la palabra que deshacía el hechizo. Es
decir, el aprendiz ha sabido las palabras que lo conjuran pero no sabe cómo
romper el hechizo. Algo así como nuestro imprescindible “control zeta” del
teclado.
¿Puede
enseñarse a escribir? Octava respuesta: puede enseñarse lo que la escritura no
es. Pueden mostrarse las torpezas, los golpes bajos, los trucos que no
funcionan. Puede enseñarse la necesidad del riesgo y de la audacia, pero
también sus contrapesos. El escritor es un equilibrista. El aprendizaje de la
escritura, es también el aprendizaje del equilibrio.
*
Hay
dos que no aprenden más, que no aprenden nunca. Malos alumnos. Pero porque ya
aprendieron y no lo saben, porque tenían su don y lo desoyen. Son Bouvard y
Pécuchet. Los copistas y amigos que abandonan la copia para retirarse al campo
y fracasar una y otra vez en cada nuevo emprendimiento: agronomía, fabricación
de sidra, estudios químicos, elaboración de conservas, anatomía, psicología,
paleontología. Hasta que, deshauciados, Flaubert escribe: “Todo se ha echado a
perder en sus manos. No tienen ningún interés en la vida. Una buena idea
alimentada en secreto por ambos. Pero se la disimulan el uno al otro. De vez en
cuando, sonríen cuando la idea los asalta; luego se la comunican
simultáneamente: copiar (…) Se ponen manos a la obra”.
¿Puede
enseñarse a escribir? Novena respuesta: tanto el aprendizaje como la enseñanza
de la escritura son dones a descifrar; pueden estar o no a disposición. Y tal
vez sea esa la primera condición que debiera considerar y comunicar
sinceramente el maestro.
*
Otra
noción en torno a la enseñanza de la escritura es la de oficio. Escribir, como
un oficio. Acaso un oficio especial, pero oficio al fin. Y la enseñanza de la
escritura, es decir, el maestro o profesor también como un oficio. Esta noción,
al menos en Argentina, se oye con bastante frecuencia en torno a los talleres
literarios. El artesanado, las herramientas, la práctica, los ejercicios, la
paciencia serían las ideas que ordenan y jerarquizan esta transmisión del
conocimiento. Los talleres literarios más emblemáticos suelen ser dados por
escritores con cierta trayectoria y reconocimiento, pero en el último tiempo
también hay talleres donde prevalece lo grupal, el intercambio crítico grupal,
moderado por un coordinador, acaso con un poco más de experiencia. Pero el
problema es el objeto. Porque los oficios tienen determinado su objeto y su
praxis. Se espera que por la reiteración de la praxis, el carpintero o el
pescador mejoren su habilidad y adquieran una destreza casi fatal para con su
objeto. No pueden no adquirirla después de años y años de oficio. Pero el
objeto del arte, el objeto estético es siempre indeterminado. Tal vez no otra
cosa sea lo que haya puesto en escandalosa evidencia el arte contemporáneo, y
en particular, la famosa fuente o inodoro de Marcel Duchamp. El objeto estético
se presenta como el centro sensible de una serie de relaciones y juicios.
También por eso, aún hoy, a tanta gente le resulte incomprensible muchas de las
obras de arte contemporáneas. De manera que incluso habiendo adquirido el
oficio, eso no garantiza la magia. En Ser escritor, Abelardo Castillo –un gran cuentista argentino,
además de símbolo de los escritores que dan talleres literarios– escribe hacia
el final una de sus mínimas: “Un hombre que dedique casi toda su vida a
cualquier cosa puede llegar a ser una eminencia de algún tipo. Dedicarse toda
la vida a escribir novelas solo garantiza dolor de espalda.”
¿Puede
enseñarse a escribir? Décima respuesta: el oficio es evidente, no hace falta
enseñarlo. Basta con la repetición, la prueba y error para adquirirlo. Pregunta
para Levy-Strauss, ¿era un oficio ser el hechicero de la tribu? ¿O era un
lugar?
*
“El
brujo postergado”, de Jorge Luis Borges, publicado en la Antología del Cuento
Fantástico es además de un cuento perfecto, una
ficción que toma el lazo entre maestro y alumno como argumento. Y nada menos
que entre un maestro brujo y un aprendiz de magia.
El
argumento es sencillo, elemental, de hecho es una reescritura de un relato del
infante Don Juan Manuel, que a su vez ya lo había reescrito de un libro árabe.
Un deán en Santiago de Compostela tenía codicia de aprender el arte de la
magia. Se dirige entonces a la casa de Don Ilián de Toledo, quien lo recibe con
bondad. Después de manifestarle el motivo de su visita, Don Ilián le dice que
él sabe que el deán ostenta una buena posición y un buen porvenir y que, de
enseñarle la magia y el deán aprenderla, teme ser olvidado luego por él. El
deán le promete y le asegura que no lo olvidará. Don Ilián acepta y le propone
ir hacia un sitio apartado que es donde se aprenden las artes mágicas. Los
hombres empiezan a bajar una escalera increíblemente espiralada y larguísima,
pero antes Don Ilián le manda a la sirvienta preparar perdices para la cena. Le
indica que, de todas formas, no las ase hasta que él se lo mande pedir. Llegan
a una suerte de sótano o celda subterránea y cuando revisan libros y la clase
comienza, aparecen dos hombres en busca del deán; traen una carta de su tío, el
obispo, donde le comunica su mal estado de salud y la inminencia de su
sucesión. A los dos días, un grupo de escuderos trae la noticia de la muerte
del obispo y la elección del deán como sucesor. Don Ilián, con alegría, le
recuerda lo prometido y le pide un decanazgo para uno de sus hijos. El deán le
dice que había reservado ese puesto para su hermano pero que partieran juntos,
porque más adelante él encontraría la forma de favorecerlo. Así lo hacen y la
anécdota de los ascensos del deán, la postergación de su promesa hacia Don
Ilián y los traslados se repite en un par de ocasiones. La escena final, sucede
en apariencia en Roma, el deán ahora ha sido elegido Papa y cuando Don Ilián lo
felicita con alegría y le recuerda la antigua promesa, pidiéndole un
cardenalato para su hijo, él deán –ahora su santidad– lo amenaza con la cárcel
por enseñar artes mágicas y no ser más que un brujo. Don Ilián, apenado, le
dice que volverá a España y le pide algo para comer en el camino; cosa que el
deán también le niega. Entonces ocurre la verdadera magia, y Don Ilián le dice:
“Tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué”. Inmediatamente
todo el ambiente original se restablece y los hombres se encuentran todavía en
aquella celda o sótano mágico, donde no pasó el tiempo y del que nunca en
verdad había salido ninguno. Avergonzado, el deán no atinaba siquiera a
disculparse; Don Ilián le dijo que no hacía falta, que con esa prueba bastaba,
lo acompaña hasta la calle y lo despide con gran cortesía.
Si
bien el relato es poco menos que una fábula, la fábula es esencial para denotar
la experiencia. El maestro brinda su enseñanza, enseña, muestra, mostrará los
trucos, sus trucos, pero el aprendiz deberá tener gratitud hacia la palabra del
maestro. Así como no habrá enseñanza de la magia si el maestro es mezquino,
tampoco la habrá si el aprendiz es ingrato. Se podría decir que son posiciones
complementarias respecto del don. Alguien ocupa el lugar de darlo y otro de
recibirlo.
¿Puede
enseñarse a escribir? Onceava respuesta: la generosidad es condición tanto de
enseñanza como de aprendizaje. La verdadera pregunta sería, pero ¿cómo se
aprende y se enseña la generosidad sino siendo generoso?
*
La
tesis “La transmisión en la creación literaria” de la licenciada Mariana Lerner
tiene como tema la institucionalización de la formación literaria. Lerner ya
advertía en Buenos Aires, hace algunos años, en la caudalosa multiplicación de
talleres y escuelas de escritura una institucionalización de la formación
literaria. Y es un hecho. Sin embargo, hay un matiz entre formación,
formalización e institucionalización, y acaso sea su diferencial político. ¿A
qué le tememos cuando se invoca la “profesionalización del escritor”?
Evidentemente no le tememos a la formalización del conocimiento. A la
formalización que sin ir más lejos aporta toda la serie de profesiones de las
que se vale una comunidad: médicos, ingenieros, abogados, técnicos. Se le teme
a que la profesionalización signifique una subordinación del arte, de la
literatura en este caso, ante el discurso de poder. Porque si eso ocurriera, o
mejor dicho, cuando eso ocurre, no hay objeto artístico. Arte y poder se
excluyen pero no mutuamente. Porque el poder, como discurso total, es omnívoro,
y también puede alimentarse del arte. Pero si el arte se alimenta del poder, se
nutre de poder, trastorna su objeto. El arte es lo que preserva el misterio,
ese intervalo libre donde se aloja una forma nueva –y nunca sabida de antemano–
que ocupará la palabra. Si la literatura se subordina al discurso del poder, se
vuelve un folleto. Como las pantallas de los televisores encendidas en todos lados.
No importa ya su contenido. Se vuelve una gran leyenda que sólo dice: siga la
flecha. Pierde no solo su valor, pierde antes su entidad: deja de ser
literatura. La enseñanza de la escritura debe incluir este problema. Por eso el
vínculo, el lazo entre maestro y alumno, no se debe apoyar en el poder sino en
el amor.
¿Puede
enseñarse a escribir? Última respuesta: el conocimiento que se enseña no es del
orden del poder, si no de la experiencia. Lo que se enseña, se transmite, se
comunica, a fin de cuentas, es una erótica.
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